Ante el acuciante y extendido crecimiento del crimen organizado en varios países de América Latina, se fortalece la tendencia de echar mano de soluciones facilistas importadas.
Se repiten machaconamente palabras, nombres y titulares rimbombantes que suenan "novedosos" y, acaso, surgen respuestas mágicas. Pero en el camino, no se intenta explicar las nuevas panaceas o palabritas "de moda". Por ejemplo el misterioso Escudo de las Américas, que aún nadie ha podido explicar con claridad.
Ya existen tratados -interamericanos o globales- que el Perú ha contribuido, laboriosamente, a forjar, a lo largo de décadas para la colaboración entre países de cara a la seguridad.
Por ejemplo, en asuntos críticos y medulares como el crimen organizado transnacional existe la Convención de Palermo, adoptada por la ONU el 2000. Para el enfrentamiento contra el terrorismo existe un sólido tratado adoptado el 2002 en la OEA (sobre la base del proyecto peruano). Existe también un tratado contra la producción y tráfico ilícito de drogas.
Toda la ayuda y cooperación internacional es bienvenida. Pero, para que sea eficaz, debe articularse a las experiencias y capacidades nacionales.
Estudios recientes concluyen que, en la actualidad, la seguridad ciudadana está más y mejor protegida en Europa que en los Estados Unidos.
El más reciente análisis difundido por The Economist, apoyado en una base comparativa elaborada por criminólogos de University College of London (UCL) sobre grandes ciudades del mundo desarrollado, llega a esta conclusión.
En 2024 Chicago registró 587 homicidios: alrededor de 22 por cada 100.000 habitantes. Esa tasa fue aproximadamente 2,7 veces más que la de Los Ángeles, la segunda ciudad estadounidense más violenta. En cambio, el promedio de diez ciudades europeas examinadas fue de apenas 1,7 homicidios por cada 100.000 habitantes.
Dicho de otra manera: la tasa de Chicago fue cerca de trece veces el promedio de esas grandes ciudades europeas.
Las comparaciones internacionales disponibles sitúan la tasa de homicidios en Estados Unidos varias veces por encima de la de Alemania, España, Italia, el Reino Unido, los Países Bajos o Francia. En buena parte de Europa occidental las tasas de homicidios se mueven aproximadamente entre 0,8 y 1,5 homicidios por cada 100.000 habitantes; Estados Unidos ha estado en los últimos años en el entorno de 5 a 6 por 100.000. "Gana" EE.UU. por "goleada"
La respuesta exige cautela, porque las estadísticas policiales no son mecánicamente comparables: cambian las definiciones de robo, hurto o agresión y también la propensión a denunciar.
La tasa de homicidios es un indicador más sólido para una comparación internacional porque se denuncia casi siempre, su definición no varía mucho menos entre países y expresa la forma extrema de inseguridad ciudadana.
La proliferación de armas de fuego puede ser parte decisiva de la explicación. Estados Unidos combina una disponibilidad extraordinariamente alta de armas con una incidencia de homicidios y muertes por arma de fuego que no tiene equivalente en ninguna de las principales democracias europeas.
Esto modifica el significado mismo de la inseguridad: un robo o una discusión en una ciudad europea puede terminar sin lesiones graves, pero en Estados Unidos una probabilidad comparativamente mayor de convertirse en un episodio letal.
Equiparar esos fenómenos de delitos contra la propiedad con la violencia letal conduce a una conclusión engañosa. Para la seguridad cotidiana de una persona no es lo mismo afrontar un riesgo de hurto que una probabilidad sustancialmente mayor de ser víctima de un homicidio o de un delito cometido con arma de fuego.
A pesar de estas diferencias, hay una tendencia positiva a ambos lados del Atlántico, tanto en Estados Unidos como en Europa.
Los homicidios han disminuido recientemente en varias grandes ciudades estadounidenses y, a largo plazo, Nueva York y Londres se encuentran en niveles históricamente bajos. También han caído determinados robos en ciudades europeas.
Esto es importante porque impide caricaturizar a Estados Unidos como una sociedad entregada a una espiral incontrolada de violencia. La situación puede mejorar y, de hecho, está mejorando en varios lugares.
No ocurre lo mismo, sin embargo, en los países latinoamericanos.
La verdad sea dicha, no hay un "modelo" ni un ejemplo de eficacia contundente del cual nutrirse para estos objetivos. Pero la cooperación internacional sí tiene el potencial de ayudar a nuestra región. Ya existen instrumentos vigentes importantes a ser utilizados. Y si surgen nuevas iniciativas, como el "Escudo de las Américas", tienen que ser complementarias a lo existente y articularse bien con las necesidades específicas y los recursos institucionales de cada país.